Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia viven como ermitaños en la ermita de Sancristobal, de Plasencia, situada en la margen izquierda del río Jerte, junto al puente de Trujillo. Deseosos de una vida más recogida y en soledad, recorren a pie leguas y leguas por los bellos valles y montañas del entorno de Plasencia. Y un buen día dan con sus huesos en la ermita del Salvador, en lo alto de la sierra de Cuacos. [..] A la orilla del arroyo, […] se toman un descanso. Y entonces, providencialmente, aparece por allí Sancho Martín, vecino de Cuacos y propietario de aquellas tierras. Y cuando Sancho Martín conoce las aspiraciones de los ermitaños, les hace la donación de las tierras. […]
Dueños ya del terreno, los ermitaños levantan con sus propias manos humildes celdas y un rústico oratorio. En la Comarca se conoce a los ermitaños como los “Hermanos de la Pobre Vida”. Con la venta de los frutos (por los que pagan 'religiosamente' sus diezmos al obispado), los ermitaños reúnen algunos maravedíes y por 450 compran más abajo unas tierras con castañar. Estas tierras son de Juan Sánchez, también vecino de Cuacos. […] Esta heredad sería más tarde la huerta del futuro monasterio. Por entonces, ya se han unido a Juan y Andrés otros cinco o seis cenobitas. Y todos reunidos en consejo, deciden levantar un monasterio de la Orden de San Jerónimo y bajo la Regla de San Agustín. Otros religioso, (quizá los mismos encargados de cobrar los diezmos) se enteran de estos proyectos de los “Hermanos de la Pobre Vida", y, por envidia o maldad, informan torticeramente al obispo de Plasencia, Vicente Arias de Balboa, quien ordena a los ermitaños que lo abandonen todo. Los ermitaños, muy apesadumbrados, obedecen la orden del obispo.
El vía crucis
Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia habían sido criados del infante Fernando, hermano del rey de Castilla Enrique III, el Doliente. Fernando vive en Tordesillas, y allí van Juan y Andrés a contarle sus agravios y a pedirle ayuda. Fernando les da una carta para el obispo placentino, que desoye al infante y manda a Yuste a un tal fray Hernando para que arroje a los cenobitas de sus celdas y proceda a la incautación de sus bienes.
Los ermitaños vuelven a Tordesillas, y el infante Fernando, enterado de lo sucedido, se dispone a conseguir por la furo que inútilmente había intentado conseguir con súplicas. Escribe a Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago de Compostela, que es metropolitano de Plasencia, y entrega, además, cartas de presentación a los ermitaños; las cartas tiene fecha de 1 de junio de 1409. el arzobispo se encuentra en Medina del Campo, y allí van los ermitaños con sus cartas. Lope de Mendoza Justicia Mayor del infante Fernando, entrega una carta a los ermitaños con fecha 10 de junio de 1409, para García Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, en la que pide que acompañe a Yuste a los ermitaños y les reponga en la posesión de sus bienes, que les habían sido arrebatados por orden del obispo. Juan y Andrés, desde Medina del Campo se trasladan a Tordesillas para despedirse del infante y agradecerle cuanto estaba haciendo por ellos. Don Fernando ya había conseguido también una bula del pontífice Benedicto XIII, en la que expresamente se autorizaba a los ermitaños “para que pudiesen edificar donde vivían un monasterio de la Orden de San Jerónimo, bajo la Regla de San Agustín”, al propio tiempo que recomendaba a los ermitaños obedecer a fray Velasco, prior del Monasterio de Guisando.
El Cirineo
El 23 de junio llegan Juan y Andrés al palacio de Jarandilla, residencia habitual de García Álvarez de Toledo, al que muestran la bula del pontífice y las cartas del infante Fernando y del arzobispo.
A la vista de estos documentos, García Álvarez de Toledo promete a Juan y Andrés que iría personalmente a Yuste para darles posesión de sus bienes. Y, efectivamente, el día 25 del mismo mes de junio, muy de mañana, y con buen cortejo, García Álvarez de Toledo llega a Yuste, donde encuentra a fray Hernando al cuidado de la hacienda por orden del obispo. En principio, fray Hernando intenta oponerse, pero García Álvarez de Toledo, adusto y serio, le conmina severamente para que abandone de inmediato las posesiones. El fraile intruso, asustado y temeroso, abandona aquel lugar y los ermitaños recobran la posesión de sus bienes. El bachiller y escribano Martínez da lectura a la bula del pontífice y a la carta del arzobispo. Después se levanta acta notarial del los enseres que pertenecían a los ermitaños. Merece la pena reproducir aquí el 'lujoso' inventario de esos enseres:
“Seis almadraques viejos; tres almohadas de lino, viejas; siete mantas y alfamares; una vestimenta; una tabla de comer; una mesa pequeña; una sartén; una caldera; dos artesas, la una grande; siete tinajas pequeñas, tres y media llenas de vino; un tajo; cuatro azadas y seis azadones, y otro quebrado; una zamarra vieja; dos segurones y una pica”. Al parecer faltaban algunas cosas, pero los ermitaños se sienten muy felices de recuperar su “rico” ajuar, del que tal vez lo que más aprecian es el vino, que sin duda ellos mismos habían producido en sus tierras: el vino que los veratos llamamos de “pitarra”.
Las última caída
No acabaron aquí los sinsabores de los “Hermanos de la Pobre Vida”. En el año 1415 se celebra en Guadalupe el Primer Capítulo General de la Orden, que tiene como asunto principal la unión de todos los monasterios jerónimos. Acuden al Capítulo en representación de Yuste, Juan de Robledillo – ya como prior- y fray Francisco de Madrid. Y allí, en Guadalupe, se rechaza el monasterio de Yuste porque no tiene rentas ni hacienda suficiente para poder sustentar un prior y doce frailes. ¡Un buen ejemplo de solidaridad!
Disgustados y desairados, fray Juan de Robledillo y fray Francisco de Madrid trasponen a pie las escabrosas Viulluercas y se encaminan al castillo de Oropesa, donde saben que se encuentra su bienhechor García Álvarez de Toledo, al que le cuentan lo sucedido en Guadalupe. Sin pérdida de tiempo, García Álvarez de Toledo monta a caballo y a toda prisa se dirige a Guadalupe, donde el Capítulo General sigue sus deliberaciones. No fue fácil convencer a a los intransigentes capitulares, que solo se rinden cuando García Álvarez de Toledo declara solemnemente: “Yo y mis descendientes nos obligamos a cubrir las necesidades del Monasterio de Yuste”. Y así fue. Durante los treinta años que después de este acontecimiento vivió García Álvarez de Toledo el tercero en su dinastía- cumplió su palabra. Y no solo atendió las necesidades de los monjes, sino que edificó por su cuenta la primera iglesia, el refectorio y todas las dependencias necesarias para la su vida de retiro y oración.
¡Y con él llegó la fama!
Muchos años después de las peripecias y dificultades que tuvieron que superar Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia, el emperador Carlos V dio fama al monasterio de Yuste, dentro y fuera de nuestro país. Pero nadie se ha hecho esta pregunta, a la vez ingenua y apabullante: ¿Sin los ermitaños Juan de Robledillo y Andrés de Plasencia existiría hoy el monasterio de Yuste? El averiguador que lo averigüe, buen averiguador será.